Consecuencias de vivir en un planeta vivo

 

1350-1850: la Pequeña Edad de Hielo

Planteamos una situación difícil por la que pasó el hombre como consecuencia del frío, de la que se aprendió, se encontraron mejoras técnicas y al final fue superada. La moraleja es que cuando las situaciones son adversas, como ocurre en la economía española, se buscan soluciones. Aunque esperemos que, esta vez, el problema dure menos... 
 
El clima del planeta viene determinado por un delicado equilibrio entre muchos factores, como pueden ser la composición de la atmósfera, las corrientes marinas o los periodos de mayor o menor actividad solar. Entre los siglos X y XIV, el mundo había vivido en el conocido como Optimo Climático Medieval, o verano medieval. Los glaciares habían retrocedido en Europa, dejando libre mucho terreno de cultivo, especialmente en el norte; los climas eran suaves incluso en latitudes elevadas, permitiendo la explotación agrícola de mayores extensiones, y con mayor diversidad de plantación ante la bondad del clima. 
 
Sin embargo, la situación iba a cambiar repentinamente a mediados del siglo XIV. Aunque el cambio pueda deberse a muchos factores, los registros geológicos muestran un importante incremento de la actividad volcánica en las regiones tropicales durante un corto periodo de tiempo, que pudieron cubrir la atmósfera de polvo y gases reflectores de la radiación solar, causando un brusco descenso de las temperaturas, especialmente en el hemisferio norte. Fue el comienzo de la conocida como Pequeña Edad de Hielo, que se extendería hasta mediados del siglo XIX, con varios periodos de frío extremo, especialmente en periodos de 20 años en torno a 1650, 1770 y 1850, que pudieron coincidir con mínimos de actividad solar. 
 
Tras la primera caída brusca de las temperaturas, los casquetes de hielo en la región ártica avanzaron rápidamente (los registros fósiles muestran grandes masas vegetales sepultadas por el hielo de forma prácticamente repentina en Canadá, Alaska y Siberia), tanto sobre la tierra como sobre los océanos. Al congelarse, el agua marina expulsa la sal, por lo que altera la composición del resto del océano; son precisamente las diferencias de salinidad y temperatura las causantes de las corrientes oceánicas, y éstas a su vez, las responsables de distribuir el calor desde los trópicos hacia las latitudes medias. La alteración de dichas corrientes no haría más que empeorar la situación en Europa, unido al efecto Albedo, es decir, contra más hielo existe sobre el planeta, más reflejo de la luz solar, y menor absorción de calor. En definitiva, varios procesos retroalimentaron el enfriamiento del planeta, que vivió periodos con temperaturas entre 2 y 4.5 grados menos que las medias. Por poner en contexto la cifra, 4.5 grados centígrados es la diferencia de temperaturas entre los meses de Febrero y Abril en España; en media anual, es la diferencia existente entre Madrid y Sevilla, o entre Barcelona y Nueva York. 
 
Así que el clima se fue enfriando durante siglos, modificando muy seriamente las condiciones de vida de las poblaciones en Europa y en América del Norte. Los inviernos comenzaron a ser mucho más duros y largos, impidiendo o reduciendo drásticamente las cosechas en muchas zonas de Europa. Ante la menor productividad de la tierra, los agricultores tuvieron que reducir la cantidad de tierra que dedicaban anualmente al barbecho, de modo que empeoraban la situación, al empobrecer los suelos todavía en mayor medida. 
 
Muchos cultivos, como por ejemplo la vid o los frutales en general, se vieron acotados a las costas mediterráneas. Las plantaciones de uva en centro y norte de Europa quedaron reducidas a pequeños valles con microclimas, pero en general, fueron arrasadas por el frío. Eso derivó en la plantación de cereales en su lugar, lo cual a su vez arraigó el consumo de cerveza en lugar de vino en las culturas anglosajonas. 
 
En general, la mengua en la cantidad de alimentos disponibles disparó su precio y con él la inflación y los conflictos sociales. La desnutrición y las malas condiciones de vida favorecieron la aparición de plagas y enfermedades, agudizadas por el hacinamiento y las malas condiciones de vida en las ciudades. 
 
Pero como casi siempre, las dificultades agudizaron el ingenio, y ese periodo alimentó una auténtica revolución agrícola: se introdujo la rotación de cultivos, clave para maximizar el rendimiento de las tierras agrícolas. Otros negocios surgieron, como la explotación del hielo extraído de glaciares y neveros que se crearon en zonas donde hoy no nieva ni tan sólo un día al año, en la costa mediterránea; fue en esa época, por ejemplo, cuando surgieron los glaciares en Sierra Nevada, que se mantendrían hasta comienzos del siglo XX. Destacamos también, en España, los registros de nueve periodos durante los cuales el Ebro se heló en su práctica totalidad durante quince días. 
 
También fue en ese tiempo cuando los holandeses, ante la carestía, se vieron obligados a comenzar a drenar tierras pantanosas primero y a ganar terreno al mar posteriormente, configurando el paisaje actual del país y desarrollando una tecnología asombrosa para la época. En Escandinavia, las flotas pesqueras que faenaban el bacalao en las inmediaciones de las costas tuvieron que evolucionar, ante la migración de la especie hacia aguas más cálidas. La construcción naval y las técnicas de conserva de las capturas en alta mar también sufrieron sustanciales mejoras, ante la necesidad de alargar los tiempos de las expediciones pesqueras. 
 
Por supuesto, no todo iba a ser progreso. También coinciden los periodos más intensos de frío con las épocas en las que se dispararon las acusaciones de brujería y las posteriores cazas de brujas en las poblaciones rurales de Europa y las colonias de Norteamérica; los hechizados eran acusados de traer la desgracia y las malas cosechas a las poblaciones, especialmente en los años en que nevaba en pleno verano. 
 
Pero en definitiva, las dificultades de la época nos sirven para comprobar, una vez más, cómo la capacidad de adaptación, innovación y desarrollo ante las circunstancias adversas suponen los mejores activos de la especie humana, que no sólo superó las dificultades que planteó el entorno, sino que desarrolló nuevos métodos y tecnologías que persisten hasta el día de hoy. Ese periodo de dificultad coincide también con un cambio radical en la conformación de las sociedades y en él encontramos eventos como las revoluciones francesa y americana, la privatización de las tierras comunales y feudales, la ilustración y la primera revolución industrial: ¿coincidencia, o afán de superación? 
La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche. Es en la crisis donde nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar superado. Albert Einstein.
 
Alejandro Vidal Crespo Responsable de Estrategia en Banca Patrimonial 
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