Los “ghost” e-wallets y el círculo de la demencia

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Esta es una historia real, como las de las películas más interesantes, en mi opinión. Hay que situarse en la época de la primera fiebre masiva del bitcoin, cuando en plena efervescencia su valor superó los 20.000 USD por unidad y se convirtió en trending topic en cientos de foros.  

Recuerdo que todo comenzó a finales del año 2017 cuando recibí un mensaje preguntándome por si conocía proveedores de bitcoins (no CFDs). Llamé a un buen amigo que entendía de la materia y me envió contactos de mandatarios de tenedores que, a priori, contaban con enormes cantidades de bitcoins, más de 200.000 unidades en muchos casos.



Esos e-wallets, de dimensiones bíblicas, supuestamente pertenecían a gente bien posicionada que quería venderlos y, como el precio del bitcoin estaba alto, lo hacían con descuentos de hasta un 10% por debajo del precio del mercado. Al principio me creía todo lo que me decían, quizás porque las comisiones por cerrar una operación de ese tipo entre comprador y vendedor podían resolver mi vida. 

Pronto aparecieron intermediarios por todas partes. Recuerdo a un sueco llamado Johan espigado y robusto, como muchos de sus compatriotas, que se recorrió el viejo continente de ciudad en ciudad como en el juego de la oca… y tiro por si me toca. Jamás conocí a un individuo tan atrevido como para subirse a un tren o a un avión haciendo caso a rumores descabellados. Lo suyo iba más allá de la fe. 

A una estirpe diferente pertenece un personaje que, de no haber existido, Walt Disney lo habría inventado. Se llama Diego, es oriundo de Bucaramanga y proclama a los cuatro vientos su veneración por las hormigas culonas, un manjar muy típico de la región de Colombia en la que vive. Rechoncho, bajito e ingenuo, se mimetizaba con el sueño americano pero en un envoltorio latino. Tuve la oportunidad de conocerlo en persona y fue un auténtico placer porque incluso en los momentos más difíciles contagiaba su innata simpatía a los que lo rodeaban, una gran virtud desde luego. 

Y qué decir del señor Bernard, un gentleman de imponente aureola que residía entre Viena y Suiza, al que no le temblaba el pulso a la hora de reservar mesas en los restaurantes más excelsos que podía encontrar. Políglota, cortés y camaleónico, un día me llamaba porque quería comprar bitcoins y al día siguiente me preguntaba por vendedores de oro. Su inexperiencia en el ámbito de las criptomonedas no era un obstáculo para que un hombre de negocios de su estilo equiparase el bitcoin al oro, como probable valor refugio en un futuro cercano. 

Es difícil describir un ecosistema donde los contrastes y las aventuras no eclipsaban el durísimo trabajo que me tocaba desempeñar en soledad. 

Quise dar un paso adelante y salir del entorno hispano para ver qué sucedía en el resto del mundo y comprobar si esa fiebre afectaba a más países. Hice contactos en EEUU, incluso con instituciones financieras del tamaño de Alexander Group con sede en pleno Manhattan que llegaron a ser mis clientes.  Fondos de inversión de reconocido prestigio con bases en Luxemburgo, Australia, Dinamarca etc. se fueron uniendo poco a poco a mi portfolio demandando mi intermediación para conseguir comprar ingentes cantidades de bitcoins con descuento. También tuve línea directa con un reputado emprendedor, Max, que me facilitó el número de su banquero personal en el Provident Bank de New York. Desde luego se trataba de personalidades y entidades poco sospechosas de construir castillos en el aire. 

Definitivamente, la fiebre del bitcoin había traspasado fronteras y yo estaba en conversaciones con multimillonarios cuando apenas tres años antes me encontraba limpiando casas en Malta mientras aprendía inglés. 

Técnicamente, para realizar negocios de esa envergadura cabían dos opciones: bank to bank o mediante un agente escrow. En el primer caso las transacciones se efectuarían entre bancos de primer nivel donde los clientes (tanto comprador como vendedor) usarían instrumentos muy similares a los que se emplean en el comercio internacional de materias primas, como MT 799, MT 760, MT 103-72 etc. que asimismo se utilizan para emitir standby letter of credit (SBLC) o bank guarantee (BG) de cientos de millones. 

En todo este juego había que lidiar con multimillonarios, pero también con personas sin escrúpulos y estafadores. Naturalmente, el supuesto vendedor quería una prueba de fondos bancaria y el supuesto comprador una prueba de que realmente existían las bitcoins, comúnmente llamada “satoshi” de e-wallet a e-wallet. Aunque parezca mentira saltar ese obstáculo era tan complicado como el dilema de quién fue primero, si el huevo o la gallina. 

Por otra parte, soy consciente de que los bancos en plural se posicionan oficialmente en contra del bitcoin, aunque entre bastidores el tema es muy diferente. Los bancos compran bitcoins pero lo hacen a través de empresas vinculadas a ellos como fundaciones o fondos de inversión. 

De hecho, Raoul Pal recuperó una discusión que parecía olvidada, la posible aprobación de un Bitcoin Exchange Traded Fund (ETF). En una entrevista para el programa “1-a-1” con Jerry Hall, el administrador de fondos de cobertura y ex empleado de Goldman Sachs, predijo que un ETF de bitcoin es inminente. Si esta aseveración se convirtiese en realidad el precio del bitcoin se dispararía. En cualquier caso, para realizar operaciones bank to bank se debía usar una nomenclatura especial como por ejemplo “activos digitales con valor comercial”. 

Volviendo al origen, las secuencias del film se repetían una y otra vez. Cuando una operación estaba a punto de culminarse la performance se caía como un Castell catalán en el último paso hacia la cima. ¿Cómo era posible? Y teniendo en cuenta que estaban implicados abogados e instituciones financieras de primer orden, ¿qué hacía yo en medio? En última instancia, llegué a la conclusión de que precisaban discreción porque el mercado bitcoin todavía no está regulado y además, buscaban adalides con contactos en un ámbito desconocido para ellos. 

Es de conocimiento general que el máximo número de bitcoins procesables asciende a veintiún millones, cifra delimitada por el algoritmo que supuestamente ideó Satoshi Nakamoto, de los cuales se estima que ya fueron minados alrededor de dieciocho millones. Se calcula que entre cinco y seis millones de esos dieciocho se perdieron en la nube y es imposible recuperarlos. 

Por ese motivo chirriaba que apareciesen a menudo los posteriormente denominados ghost ewallets, que suponían el 99,99% de la burbuja. De repente me hablaban de un vendedor en el Reino Unido que supuestamente poseía trescientos mil bitcoins, otro en Singapur con medio millón de bitcoins, otro en Rusia con dos millones de bitcoins y así sucesivamente. Sin esforzare demasiado en un ejercicio de cálculo lo que llegaba a mis oídos superaba en una barbaridad los veintiún millones. 

No obstante, estaba seguro de que mis mejores clientes, que eran compradores de prestigio como mencioné anteriormente, sabían lo que hacían y sólo se trataba de afinar puntería separando el grano de la paja. Dicho de otro modo, dejaba a un lado a los vendedores de humo que creían que enviando cuatro whatsapp dentro de un círculo de personas sin ningún conocimiento financiero se harían millonarios, algo mucho más común en el mercado hispano, donde renacían hasta los vendedores de Herbalife al estilo Larry King. En definitiva, cerrar un solo trato me convertía en millonario lo que suponía un estímulo suficientemente importante como para seguir intentándolo. Mi meta no era serlo para conmigo, ni mucho menos convertirme en el más rico del cementerio, pero sí pensaba en cómo repartir ese dinero entre mis allegados y sobre todo, entre personas en situación de extrema vulnerabilidad. 

Una vez estuve tan cerca que lo di por hecho. Un inversor de Los Ángeles había viajado explícitamente a Alemania para sellar la operación en persona con un tenedor de bitcoins de ese mismo país. En medio de esa negociación como intermediarios, además de mí, estaban un ingeniero neerlandés que vive desde hace años en Hong Kong, una chica de Florida dedicada al real estate y un equipo de abogados de reconocido prestigio afincados en el país teutón. Con la documentación firmada sólo faltaba descorchar el champán y celebrarlo por todo lo alto. 

Mi comisión ascendía a más de diez millones de euros, de los cuales recibiría dos en la primera trancha. En ese momento se lo comuniqué a mi familia y amigos más íntimos. Recuerdo que incluso llamé a mi padre poco antes de que falleciese y le dije que no se preocupase por nada que ya no tendría que trabajar más. 

Caí en la precipitación y lo anuncié antes de haber cobrado. Transcurrieron días, semanas, meses… pero desafortunadamente las bitcoins nunca aparecieron y el trato que podría haber cambiado no sólo mi vida sino la de muchas otras personas se había esfumado. 

Ese momento supuso un punto de inflexión. Al observar que con tanto esfuerzo no obtenía resultados, me pregunté por primera vez, cuando tuve la mente suficientemente lúcida, el por qué si existieran grandes tenedores de bitcoins querrían venderlos por debajo del precio del mercado. La demanda era magna y la oferta reducida por tanto carecía de sentido desde un punto de vista económico. Tampoco entendía tanta complicación para vender bitcoins con descuento si podían llevarlos a cualquier exchange regulado y liquidarlas en el mercado abierto. 

Llegué a la conclusión de que ese tipo de e-wallets gigantes no existían, pero tenía que haber una razón para que la gente seria que no pertenecía al círculo de la demencia creyese en que este negocio era real. Así que indagué buscando alguna respuesta. 

Recuerdo que un día llamé a Patrick, un abogado canadiense de postín dueño de una galería de arte en Miami con el que sigo en contacto. Me comentó que aparecieran dos tenedores de bitcoins dispuestos a vender, uno en Suiza con cuatrocientos mil y otro en Polonia con ciento cincuenta mil. Le dije que yo tenía compradores 100% legítimos y le pregunté si estaba convencido de que esta vez sí era cierto. Me aseguró que sus compañeros de profesión, también abogados a los que conocía desde hace años, le habían dicho que vieran los e-wallets. 

Entonces comprendí la película.  Entre compañeros de profesión que mantienen relaciones longevas basadas en la credibilidad, pedir pruebas significaba dudar de la palabra y poner en riesgo la confianza mutua. Por esa razón probablemente otros compañeros de profesión de los contactos de Patrick les habrían dicho que habían visto los e-wallets y así sucesivamente. La veracidad venía de serie en base a una palabra tan intangible como el bitcoin. 

Descartados finalmente los grandes e-wallets, hice una incursión a pequeña escala yendo a Bruselas, cruzando Francia para finalmente quedarme cuatro meses en Barcelona donde busqué a algún vendedor minorista con el que poder llevar a cabo algún negocio real. En la ciudad condal conocí a alguien con más de mil bitcoins y los vendía por encima del precio de mercado salvo raras excepciones. 

En defensa de mi empeño he de decir que junto a Arnold, uno de mis amigos y compañeros de aventuras de ese mundillo, logré cerrar una operación de bitcoins con descuento. Ni mucho menos la comisión fue millonaria, apenas nos sirvió para cubrir gastos. No obstante, estoy convencido de que fuimos de los pocos en haber logrado tal efeméride. 

Asimismo, empecé a indagar en los beneficios de la tecnología Blockchain que deriva del bitcoin y de la que no había escuchado hablar con anterioridad. Ese conocimiento me sirvió para crear la primera entidad sin ánimo de lucro del mundo, que garantiza transparencia total a los donantes con la implementación de dicha tecnología en su propio ecosistema. Durante más de un año he estado trabajando en este proyecto que ya es una realidad y financiándolo de mi bolsillo asumiendo unos costes elevados.  Es como un libro de registro notarial imposible de hackear y que permite eliminar malas praxis y burocracia innecesaria. Estonia, el primer estado digital del mundo, la está aplicando desde hace años con una tremenda eficacia. 

Me quedo con lo positivo. Además de descubrir las aplicaciones de la tecnología Blockchain, hice contactos con mucha influencia y se abrieron otras vías de emprendimiento que se están empezando a concretar ahora, con buenas expectativas de obtener un retorno sustancial. De hecho, algunos de estos negocios relacionados con Payment service provider (PSP) de nueva generación como  FairPay.online, empresa de la que soy accionista, van a revolucionar los sistemas de pago especialmente en Latinoamérica.  

Desafortunadamente hay individuos que se quedaron atrapados en la intrascendencia de los ghost e-wallets y ello los está conduciendo a lo que mi buen amigo Arnold denomina “el círculo de la demencia”. Por cierto, Arnold además de lanzarse a otros negocios al igual que yo, tiene un canal muy interesante de Forex en Telegram donde publica señales. 

La moraleja de la película es que solo hay una manera de hacer dinero de la noche a la mañana y es que te toque la lotería o nacer en cuna de oro. La fórmula más exitosa, quitando esas dos, es la preparación y la constancia en el trabajo. Persevera porque cuando menos te lo esperes las cosas empezarán a salir bien. 
  1. en respuesta a David Ramil
    -
    #5
    09/12/20 16:52
    Buenas noches @Estanflación   
    No sabía que tenías un blog, cual es?
    Yo también me apunto

    Un abrazo
  2. #4
    09/12/20 16:16
    Gran artículo, muy bien expuesto y novelado.

    Ya tienes nuevo suscriptor ;)

    Muchas gracias por el post
  3. en respuesta a Estanflación
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    #3
    09/12/20 16:11
    Gracias por tu comentario. Voy a seguir tu blog, un afectuoso saludo!
  4. #2
    09/12/20 15:20
    Me has metido en la historia, hasta parece que vivía tus negociaciones. Menudo artículo más singular.
  5. #1
    09/12/20 12:47
    Gran artículo David, lleno de sinceridad y haciendo ver que este mundo no es tan fácil como lo pintan por fuera. Un saludo amigo 😉