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Las tendencias sociales del presente son sumamente distintas a las del pasado. Uno de los cambios más importantes que ha ocurrido en los últimos años es el creciente número de mujeres que buscan prosperar en el ámbito profesional. Lamentablemente, existen aún ideas arcaicas dentro de las empresas (y la sociedad) que perpetúan la discriminación laboral en función del género y restringen las oportunidades profesionales para la mayoría de las mujeres. No obstante, deben considerarse los grandes costos que esta situación tiene para toda la economía.

Discriminación laboral en función del género

Uno de los costos más evidentes de esta situación es un nivel por debajo del potencial de la población económicamente activa (PEA) del país. Restringir la entrada de las mujeres al mercado laboral resulta, inevitablemente, en una PEA menor y, con ello, en un PIB más bajo. Esto sucede debido a que no se utilizan todos los recursos y talento humano disponibles y no se tiene una justificación económica para ello: la situación suele darse por un tema de discriminación por género. Además, una PEA mayor puede sostener más fácilmente a la población económicamente inactiva (PEI), como jubilados y estudiantes. Así, este costo tiene implicaciones significativas para la economía de los países.

Otra consecuencia importante de esta situación es que no se utiliza la reserva de talento disponible. El grado de escolaridad de las mujeres ha aumentado en los últimos años, llegando a ser equiparable al de los hombres. No utilizar este talento y sus efectos multiplicadores para fines productivos detiene el crecimiento económico, alcanzando niveles más bajos al potencial.

La discriminación laboral por género provoca también que los hogares no cuenten con un ingreso adicional. Esto puede agravar situaciones de pobreza y desigualdad. Asimismo, puede comprometer la inversión que se realiza en la educación de los niños, deteniendo así el desarrollo del capital humano de la población.

A pesar de estos costos, muchas empresas argumentan que contratar a una mujer es menos redituable y se justifican en la idea de que la mujer es menos productiva y lo caras que resultan las licencias de maternidad y otras cuestiones relacionadas a ella. Lo cierto es que, como se ha visto en diversas fuentes, las mujeres suelen ser más productivas que los hombres, sin mencionar que propician un ambiente de trabajo más agradable.

Por su parte, la maternidad apoya el desarrollo y crecimiento económico a través de la formación del capital humano de la población. Debe verse entonces como una inversión en la futura fuerza laboral. Así, no debiera ser un motivo para restringir las oportunidades laborales de las mujeres. Por el contrario, debería darse la misma importancia a la paternidad, otorgando licencias y apoyos a los padres para que participen activamente en la vida de sus hijos y la formación del capital humano, al tiempo que, con este ajuste, disminuye la brecha de la discriminación laboral en función del género.

Finalmente, cualquier tipo de discriminación laboral provoca un desequilibrio y fricciones en este mercado. Por ello, deben corregirse estas situaciones: para poder aprovechar óptimamente todos los recursos humanos con los que cuenta una economía, y tener mayores beneficios en lugar de costos evitables.

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