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Shrinkflation: La inflación camuflada y por qué importa

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Persistente e implacable son dos términos que definen el entorno inflacionario actual a nivel mundial: un enemigo que está carcomiendo la capacidad de compra de los hogares y está vulnerando a las economías semana tras semana. 

Los expertos en la materia han ajustado sus expectativas alza mes tras mes y, en la mayoría de las veces, no han acertado a la cifra real. 

En este sentido, la inflación está fuera de control y, aunque no es rampante, los Bancos Centrales están tomando medidas más agresivas para doblar su trayectoria: los incrementos en la tasa de interés de referencia ahora son de 50 puntos base y más allá. Inevitablemente, la contracción en la liquidez por el cambio en las tasas llevará a las economías a un escenario de bajo o nulo crecimiento económico.
 
Al respecto, la inflación es un fenómeno que puede tomar el papel protagónico en la economía y llama la atención de todos y, empero, puede ser un enemigo que se mueve de manera subrepticia y pasar desapercibida: el consumidor es el perdedor en ambas situaciones. 

En el primer caso, las presiones inflacionarias afectan a los productores en la medida que las materias primas y otros insumos se vuelve más costosos y, en algún momento, estos incrementos se pasan a los precios de los bienes y servicios finales: todos notan la inflación, y más los consumidores al percibir el cambio de sus precios en los anaqueles y en la propaganda. 

En el otro caso, la inflación también afecta los costos de producción, pero la “salida” es distinta, ya que el productor no decide aumentar el precio de los productos. 
 
Este camino alterno, conocido como reduflación o shrinkflation[1], es una actividad llevada a cabo por las compañías que consiste en reducir la cantidad y/o calidad de sus productos sin aumentar su precio. En otros términos, la palabra reduflación se compone por los vocablos “redu” de reducción y “flación” por inflación. 

Ahora, ¿Por qué es considerada como inflación? El valor absoluto de artículo es el mismo, pero su valor por gramo o mililitro es mayor. Verbigracia, una bolsa de papas fritas con 40 gramos a un precio de 12 pesos, previo a un ambiente inflacionario, comparada con el mismo producto a igual precio, aunque con 30 gramos actualmente. 

Así, el valor absoluto se mantiene, pero el valor relativo es distinto: 12/40 vs 12/30, o 30 centavos por gramo antes vs 40 centavos por gramo después y, por ende, se paga más por gramo de papas fritas.
 
En términos psicológicos, los compradores observan los productos de manera somera, principalmente guiados por las marcas y los precios, y no ponen foco en algunos de sus aspectos, incluyendo la cantidad o los componentes de estos.

Por tanto, la subida en sus precios, dado el aumento en su valor relativo, pasa casi desapercibida.
Asimismo, los productores mantienen “contentos” a sus consumidores no sólo al no incrementar sus precios sino al introducir ciertas mejoras en sus presentaciones: en el fondo, los empaques cambian con el fin de contener una menor cantidad del producto. Un ejemplo real es el ajuste reciente en las botellas de Gatorade, que es más sencilla de agarrar y, empero, las nuevas “curvas” implican una menor cantidad en mililitros[2]

En términos económicos, la elasticidad precio de la demanda juega un papel importante en la motivación de las compañías para tomar el sendero de la reduflación. Este término contempla dos variables, la cantidad demandada y el precio, y muestra que tan sensible es la cantidad demanda ante un cambio en el precio: esto es, verbigracia, si los compradores dejarán de comprar los productos ante una subida en el precio y viceversa.

Como paréntesis, las empresas que más incurren en la reduflación son alimentos, bebidas y FMCG[3]. Así pues, estas compañías generalmente se enfrentan a un entorno competitivo donde sus rivales ofrecen productos semejantes[4] y, por lo tanto, la cantidad demandada es altamente sensible al cambio en el precio. Por ejemplo, si el precio del detergente “x” sube considerablemente, entonces el consumidor optará por adquirir otra marca “y”, al haber otras opciones disponibles, al un precio más bajo.
 
Con esto en mente, ¿Qué pasa con la elasticidad cuando los productores toman el camino de la reduflación? Como por arte de magia, la sensibilidad se reduce, en la medida que el aspecto visible, el precio, no sufre alteraciones, y la cantidad demandada muy probablemente se mantenga.

En tal sentido, los productores disminuyen el contenido de sus productos en un porcentaje casi imperceptible para los consumidores. Asimismo, la composición del producto sufre alteraciones, como el caso de los jugos, al reducir el % de extracto natural. Por tanto, los productores ganan al evitar un cambio en la preferencia de consumo, y los supermercados y cadenas minoristas también se benefician, ya que no se verán afectadas sus ventas en el corto plazo.

Esto es un ganar-ganar para las compañías productoras y minoristas.
De manera opuesta, los consumidores pierden y en un mediano plazo se preguntarán, ¿Por qué me rinde menos este producto?
 
Formalmente, ¿Cuáles son las motivaciones de las compañías para optar por la reduflación ante un entorno inflacionario persistente? En primera instancia, su necesidad de mantener ganancias operativas, que es la diferencia entre las ventas y los costos de producción.

En este entorno adverso, los costos de producción se mantienen casi inamovibles si se reduce la cantidad contenida o se reemplazan algunos componentes por otros con menores costos. Así, la diferencia entre ventas y costos se mantiene, tomando en cuenta que las ventas casi no sufrirán cambios ante el no incremento en sus precios.

En segundo término, su necesidad de mantener su participación en el mercado, considerando que la sustitución de su producto por otro de la competencia sea factible ante un incremento en su precio. Con ello, se mantienen a niveles competitivos en comparación con otras empresas. 
 
Por otro lado, ¿Cuáles son los efectos adversos de la reduflación? Primero, el más citado en este artículo, el impacto al consumidor al reducir su consumo o requerir de mayor cantidad para satisfacer sus necesidades.

Segundo, las distorsiones en la medición de la inflación, ya que la canasta de bienes ocupada para construir el índice de precios (IPC)[5] será diferente entre antes y después de la inflación persistente. Por ejemplo, el IPC contemplaba la bolsa de frijoles de 1 kilogramo, o 1000 gramos, y con la reduflación, el productor decidió mantener el precio y reducir la bolsa a 946 gramos recientemente.

Aunque no subió el valor absoluto, el valor relativo si lo hizo, y si no se tiene cuidado en considerar este cambio dentro de la canasta del IPC, entonces la medición de la inflación sería incorrecta.

Tercero, una menor confianza en los productos de la compañía por parte de los compradores, al notar los cambios sutiles. Por esta razón, las empresas deberán tomar acciones para reforzar la preferencia hacia su marca en este mismo plazo.
 
Finalmente, ¿es válido reducir el tamaño de los productos? Legalmente, sí.  Las regulaciones en esta materia no contienen apartados donde se prohíba a las empresas reducir el tamaño de sus productos sin incrementar el precio. Moralmente, no.

Las compañías podrían informar sobre los cambios en sus productos, desde su tamaño hasta su composición, para que los consumidores no padezcan las consecuencias de esta mascarada.

Esta pregunta es, sin lugar a duda, de amplio debate. Sin embargo, el presente artículo no pretende ser una crítica hacia la reduflación y, más bien, el objetivo es concientizar sobre un fenómeno que se observa y observará durante estos meses venideros, ante las presiones inflacionarias imperantes a nivel mundial. Para consultar más ejemplos de la reduflación, recomiendo consultar los enlaces del apartado de referencias.
 
Referencias:
 

[1] Término acuñado por la economista inglesa Pippa Malmgrem.
[2] Véase el siguiente enlace: https://en.as.com/latest_news/what-does-shrinkflation-mean-are-product-packages-getting-smaller-due-to-inflation-n/
[3] Acrónimo para Fast Moving Consumer Goods, que engloban todos los productos empaquetados, incluyendo productos de limpieza y lavanderia, artículos de tocador, cuidado personal, medicamentos, entre otros.
[4] Para mayor detalle, véase supuesto de producto homogéneo de competencia perfecta.
[5] En el caso de México, la canasta de bienes se actualiza cada 5 años.

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