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Revolución monetaria

Comencemos definiendo la palabra «dinero». Etimológicamente, proviene del latín denarius, nombre de una moneda de plata antiguamente utilizada por los romanos. En su acepción económica, es todo tipo de activo o bien que es aceptado (por la sociedad) como medio de cambio.

Hablando de su origen, es la evolución del trueque. En cuanto a su creación como tal, primero emergieron las monedas, que, de acuerdo con los historiadores, los lidios de Anatolia (la actual Turquía) fueron sus precursores, tanto en la acuñación (de oro y plata) como en el uso para llevar a cabo sus actividades mercantiles, hacia el siglo VII a.C. Posteriormente y siguiendo el proceso evolutivo, en el siglo XI d.C. fue creado el papel moneda, siendo los mongoles los primeros en utilizarlas para «certificar» la existencia de un depósito de oro en un banco.

Mucho tiempo después, durante el siglo XX, surgieron las tarjetas bancarias. En 1914, The Western Union Company (NYSE: WU) ofreció la primera tarjeta de crédito. Cuarenta años más tarde, se dieron los primeros indicios de las actuales redes globales de tecnología, con la aparición de la BankAmericard (hoy, VISA) y la Interbank Card Association (hoy, MasterCard).

El dinero evoluciona a la par que lo hace el hombre, acoplándose a sus necesidades y recursos disponibles. Hoy en día, el mundo no podría explicarse sin la tecnología, al igual que el dinero mismo.

Pero en la actualidad, ¿cómo está evolucionando el dinero?

Desde hace una década aproximadamente, las Tecnologías de Registros Distribuidos (DLT, por sus siglas en inglés) representan el pilar de la innovación financiera, siendo la cadena de bloques o blockchain una de las más conocidas.  

Una cadena de bloques consiste en un sistema distribuido y descentralizado que almacena registros o bloques conectados en serie criptográficamente. Cada bloque está protegido y vinculado entre sí, lo que le permite que pueda ser verificado por una red de nodos y no por un tercero.

Dada su característica de descentralización, su uso en las finanzas es vasto, abarcando criptomonedas, smart contracts o pagos internacionales. 


Debido a su amplio valor agregado, desde finales de 2018 el sector financiero ha estado realizando fuertes inversiones en dicha tecnología, lidereando con el 65% del mercado global (Gráfica 1).

Retomando nuevamente la evolución del dinero, uno de los primeros proyectos que se desarrolló con blockchain, fue, precisamente, el Bitcoin. Su concepción original es la celebración de actos mercantiles sin la necesidad de un intermediario, en este caso, un banco. 


Desde la última década, como es sabido, las también denominadas criptodivisas han jugado un papel protagónico. En 2021, la capitalización de mercado de todo el sector registró un crecimiento del orden de 187.5%. Asimismo, un estudio reciente de Statista Global Consumer Survey, expuso que, pese a su volatilidad, continúan siendo vehículo popular de inversión (Gráfica 2).

Si bien las criptomonedas marcan un nuevo paradigma del ecosistema monetario, distan de tener la conceptualización de dinero, pues incumplen sus 3 funciones básicas: medio de cambio, unidad de cuenta y depósito de valor.  

Actualmente, no todos los países han legalizado su uso para la compra y venta de productos, entendiéndose entonces que la fijación de precios no está basada en éstas. Por otro lado, y estoy seguir en que no será necesario mencionarlo, es evidente que no poseen la capacidad de mantenerse estables a través del tiempo. En conclusión, no son dinero.


No obstante lo anterior, su infraestructura de pagos, con mucho que mejorarle aún, ha demostrado tener potencial, razón por la cual, diversos bancos centrales se encuentran trabajando en la emisión de sus propias monedas digitales, siguiéndole el paso al Banco Central de las Bahamas (Gráfica 3).

Una Moneda Digital de Banco Central básicamente es una alternativa al dinero físico, siendo sus principales diferenciadores, la posibilidad de restringirse a un grupo particular de usuarios, pueden ser anónimas o identificadas, y pueden pagar intereses o no.

La proliferación ordenada de este tipo de activos significaría un gran cambio (para bien) al sistema financiero internacional, coadyuvando en un mejor funcionamiento de los pagos al por mayor, la sustitución del efectivo por una alternativa más eficiente, mejoría de los instrumentos de política monetaria y la reducción de la frecuencia y los costos económicos de las crisis bancarias.

Todo indica que el porvenir monetario se dirige hacia la digitalización, y, en México, parece ser que esta realidad no es nada lejana, pues recientemente, pero sin dar más detalles al respecto, el Banco de México (Banxico) anunció que en 2024 lanzaría su propio CBDC.

Mientras tanto, sigamos atestiguando la interminable evolución del dinero.

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