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¿Deflación a la vista?

En el transcurso de la semana que recién culminó, se dieron a conocer las lecturas inflacionarias del séptimo mes del año en México y Estados Unidos de América.


En tierra azteca, el Índice Nacional de Precios al Consumidor (INPC) presentó una variación mensual de 0.74%, con lo cual la inflación general anual se situó en 8.15%, acumulando 17 meses consecutivos fuera del rango objetivo de 3 porciento +/- un punto porcentual del Banco de México (Banxico), además, se trata del nivel más alto registrado desde diciembre de 2000 (Gráfica 1).


A su vez, en el país vecino del norte de México, el Índice de Precios al Consumidor (CPI, por sus siglas en inglés), se desaceleró -0.6% frente al mes inmediato anterior, con lo cual la inflación se ubicó en 8.5% anual. Si bien se trató de su primera disminución en 11 meses, acumula 16 fuera del rango objetivo de 2% de la FED, aunado a que, es la cifra más alta desde diciembre de 1981 (Gráfica 2).

Este último dato, junto con la abrupta caída del Índice de Precios al Productor (PPI, por sus siglas en inglés) a 9.8% desde 11.3%, trajo consigo buen augurio y un sentimiento de esperanza generalizada en los inversionistas, y, no es para menos, pues recordemos que la inflación se sitúa como el principal riesgo y causante de los desequilibrios actuales de la economía.  

Por lo tanto, de continuar esa tendencia (la inflación), se esperaría que el Comité Federal de Mercado Abierto (FOMC, por sus siglas en inglés) relajara en magnitud y duración la subida de tasas, lo que, naturalmente, coadyuvaría a contrarrestar el riesgo de recesión.

Lo anterior podría llevarnos a plantearnos lo siguiente, ¿es éste el comienzo de un escenario deflacionario?

Primeramente, comprendamos qué es y cuáles son las causas de la deflación.


Mientras que la inflación erosiona el poder adquisitivo de los consumidores, la deflación lo aumenta; siendo esta última, la disminución generalizada de los precios de los bienes y servicios.

Hablando de sus causas, la teoría económica señala como la principal, una contracción de la oferta monetaria sin un descenso de la producción económica. Sin embargo, el exceso de oferta y una mayor productividad representan otro tipo de causales.

En apariencia, un periodo deflacionario debería beneficiar a los consumidores, dada la estabilidad de su ingreso nominal a través del tiempo; no obstante, al descontrolarse, se convierte en un círculo vicioso sumamente perjudicial y dañino para la economía (Figura 1).


Al analizar el comportamiento de los componentes de la inflación americana en julio, podemos ver que la caída del precio de los hidrocarburos, de 4.6% M/M, influyó fuertemente en el resultado de la lectura general, compensando el aumento de los precios de los comestibles, de 1.1% M/M (Tabla 1).


Ese último punto explicaría, en gran medida, el estancamiento que ha mostrado en el último par de meses el componente subyacente, aquel que elimina los productos más volátiles, registrando una tasa interanual de 5.9%, cuestión que no debe pasar desapercibida (Gráfica 2).


Ahora bien, si deseamos discernir en qué faceta del episodio inflacionario nos encontramos, es preponderante revisar y estudiar una vez más cuál fue su origen, mismo que resumo en 3 puntos (Tabla 2):

  • I. La gran mayoría de los gobiernos mundiales optaron por inyectar liquidez a sus respectivas economías, como respuesta para contener los efectos de la desaceleración económica a raíz del comienzo de la pandemia de COVID-19. Si bien fue una respuesta acertada, ese exceso de liquidez se tradujo en un choque de demanda, situación que hasta la fecha no ha logrado controlarse del todo, particularmente en el sector discrecional.

  • II. En línea con el punto anterior, el primer efecto del COVID-19 en la economía se cimbró en la interconexión global, a través de la proveeduría de materias primas, resultando en el alargamiento de plazos de entrega, carestía de mano de obra y producción incompleta de bienes, lo que se ha traducido en escasez de oferta.

  • III. El cierre temporal de actividades suscitados en los años 2020 y 2021 conllevó a que los consumidores reconfiguraran su gasto, intercambiándolo por servicios en lugar de bienes, situación que, en cierta medida, les generó un ahorro. Una vez reabierta la economía, las compañías a sabiendas de esto, subieron intencionadamente los precios de sus productos, y, los consumidores, dado su exceso nivel de ahorro sumado a los apoyos gubernamentales, continuaron comprando.

Y, además de eso, súmeles; el conflicto bélico en Ucrania, que desequilibra fuertemente a los mercados energéticos, y, la escasez de agua en el Viejo Continente, que presiona al alza los precios de los productos agropecuarios.

En síntesis, fue una inflación creada, tanto por el gobierno, como por las empresas, como por los consumidores, pero que, indiscutiblemente, descansa sobre un origen no económico, y, por tal motivo, se trata de uno de los episodios más complejos de la historia.

Hoy sigue siendo muy temprano para afirmar que la inflación ya llegó a su punto máximo, pues la persistencia de los riesgos sistemáticos y su incidencia en el componente no subyacente sigue siendo una moneda al aire, aunado a que, por concepto, de acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) se requieren al menos 2 semestres de decrecimientos en los niveles generales de precios para confirmar un periodo deflacionario.

Por ahora, nos es conveniente una deflación correctiva, pero al mismo tiempo, nos es inconveniente. Doy por hecho que conoce la referencia.

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