Bajo una perspectiva de mercado (y retórica), las primeras 5 semanas del año se sintieron como todo un año en sí, dados los diversos acontecimientos que sucedieron. Para comenzar, el incierto devenir del petróleo a razón de la intervención militar americana que dio lugar en Venezuela y los disturbios sociales que se han estado desenvolviendo en Irán; el fuerte vaivén que han registrado los precios de los metales preciosos en tan sólo unos pocos días; la sobrerreacción de los inversionistas a los resultados corporativos de las Big Tech, premiando a sobremanera a algunas y castigando con severidad a otras, y, por último, pero no por eso menos importante, la volatilidad del dólar estadounidense.
A razón de su aún preponderancia financiera internacional, me enfocaré en el dólar estadounidense, pues en las últimas 4 sesiones bursátiles se ha comenzado a perfilar un patrón peculiar que podría redireccionar la retórica en las semanas venideras.
Al 27 de enero de 2026, el peso mexicano, con un avance acumulado anual de 4.91%, se situaba como la tercera moneda emergente con el mejor desempeño con respecto al dólar estadounidense, sólo detrás del real brasileño con una apreciación del orden de 5.41%.
Sin embargo, desde esa fecha hasta hoy, la perspectiva sobre la sostenibilidad de su avance se ha puesto en duda, si bien por aspectos fundamentales (preponderantemente, en materia de política monetaria americana tras el nombramiento del nuevo presidente de la FED), también por variables técnicas.
Adentrándome en este último punto, destaca la convergencia de los niveles actuales con la línea de tendencia que ha definido el rumbo del par USDMXN desde septiembre de 2008, pues cada vez que la toca suele devenir un periodo de depreciación cambiaria (Gráfica 1).
Tras ver esto, la siguiente pregunta que podríamos hacer es: ¿se trata de un evento aislado del peso mexicano?
La respuesta es «no», pues al realizar el mismo análisis a una lista selecta de divisas emergentes, encontramos aspectos técnicos similares, con excepción quizá (estrictamente chartista) del USDHFR, USDPLN y USDTHB (Gráfica 2).
Dicho lo anterior, se deduciría entonces que se trata más de un fenómeno estructural de la moneda reina que de uno de alguna moneda emergente o del peso mexicano. Tras prácticamente 3 años y 3 meses de debilidad, hoy, el índice DXY, oscilando en niveles de 96.99 puntos, se sitúa en un punto de inflexión clave que desde el 2008 en 4 ocasiones diferentes (y simultáneas) ha fungido como impulsor alcista (Gráfica 3).
Revisemos qué factores o hechos han incidido en el repunte del dólar estadounidense en esos periodos de los últimos 18 años (Tabla 1):
I. La estabilización financiera que precedió a los rescates financieros suscitados en la Unión Americana coincidió con el proceso de desapalancamiento global y la crisis soberana en Europa, incentivado la dolarización, dada su capacidad de fungir como activo refugio.
II. Hablando de la recuperación económica, Estados Unidos de América se sobreposiciona frente a otros países con economías avanzadas, lo que sugirió la pronta normalización monetaria, fortaleciendo al dólar estadounidense por el diferencial de tasas esperado en el mediano plazo.
III. Se dio por finalizado el proceso de expansión cuantitativa (QE, por sus siglas en inglés), y, por consiguiente, el endurecimiento monetario comenzó, favoreciendo a los activos denominados en dólares estadounidenses a razón de la divergencia monetaria internacional; mientras en la Unión Americana las tasas registraban una tendencia claramente al alza, en Europa las tasas seguían a la baja, en tanto, Japón ofrecía tasas negativas.
IV. El periodo postpandémico trajo consigo un fenómeno inflacionario sin precedente que desembocó en un shock global lo que provocó una actuación agresiva por parte de la FED, elevando las tasas de interés. Al tiempo, se suscitaron acontecimientos de corte geopolítico, como la guerra en Europa Oriental y el desenvolvimiento de conflictos regionales en Medio Oriente que jugaron a favor del dólar estadounidense.
V. La designación de Kevin Warsh como nuevo presidente de la FED redirige la estimación inicial de una FED más dovish, como consecuencia de una inflación «pegajosa» o bien, un rebote de la actividad económica podría abrir el apetito por instrumentos dolarizados.
El catalizador ha sido esencialmente la tónica monetaria.
Ahora bien, claramente y hasta cierto punto, el entorno macroeconómico parece favorecedor para el dólar estadounidense; no obstante, es importante analizar cuáles podrían ser las variables que dificultarían su recuperación (Tabla 2):
I. A diferencia de, por ejemplo, México, el entorno inflacionario en Estados Unidos de América está mejor controlado, de manera que, si las expectativas cambian en el corto plazo, recalibrándose hacia un ciclo de relajamiento más profundo, por efectos de carry trade, el dólar estadounidense presentaría una lateralidad con sesgo a la baja.
II. En línea con el punto previo, no es secreto que el presidente americano ha presionado fuertemente a la FED para seguir normalizando los réditos referenciales. Dicho esto, será importante observar y dilucidar en qué basará su opinión el recién elegido presidente de la FED, si en los datos o en peticiones; de ser esto último, no descarte una mayor caída del dólar estadounidense.
III. Un mayor deterioro fiscal en la Unión Americana podría ocasionar un efecto negativo a su moneda, especialmente si el mercado comienza a exigir una prima adicional.
IV. El desenvolvimiento monetario de Europa y Japón influirá directamente en el desempeño del dólar estadounidense; si el Banco Central Europeo (BCE) no recorta la tasa como hoy se estima, y, el Banco de Japón (BoJ, por sus siglas en inglés) acepta una menor laxitud, sería perjudicial para éste.