El oro tocó los 5.589 dólares por onza el 28 de enero de 2026. Fue un máximo histórico. Desde entonces ha cedido cerca de un 16%, hasta moverse alrededor de 4.540 dólares al cierre del viernes. Para muchos inversores, esa caída ha sembrado dudas. Para quien entiende en qué fase del ciclo estamos, puede significar otra cosa: no el final de la fiesta, sino una pausa incómoda dentro de un mercado alcista estructural que todavía no ha dicho su última palabra.
La corrección tiene causas concretas. No es una traición del metal ni un giro de régimen. El conflicto entre Estados Unidos e Irán, que se agravó en febrero con el bloqueo efectivo del Estrecho de Ormuz, disparó el petróleo por encima de los 100 dólares por barril. Y el petróleo, cuando se pone creativo, no avisa: contagia inflación. La inflación PCE de abril, el indicador preferido de la Reserva Federal, alcanzó el 3,8%, su lectura más alta desde mayo de 2023 y por encima de lo que esperaba el mercado. En ese entorno, los tipos altos dejan de ser una molestia temporal y pasan a convertirse en el escenario base. Los recortes que hace unos meses parecían una cita razonable para el segundo semestre han salido del calendario. El mercado ya no mira a la Fed esperando alivio. La mira con esa expresión de “ya veremos”.
Cuando suben los tipos reales y el dólar se fortalece, el oro pierde atractivo relativo a corto plazo. El mecanismo es viejo y bastante antipático para los alcistas del metal. Los activos que no pagan cupón compiten con los bonos del Tesoro. Si el bono americano a 10 años ofrece una rentabilidad que empieza a parecer respetable, parte del dinero sale del oro. No porque el metal haya dejado de servir, sino porque el coste de oportunidad de mantenerlo sube. El mercado, que a veces tiene la paciencia de un niño en una tienda de chucherías, reacciona rápido a ese tipo de cambios.
Pero ese diagnóstico explica solo el corto plazo. Y ahí es donde empieza lo interesante.
Con el oro conviven dos lecturas. La primera es táctica: tipos reales, dólar, posicionamiento en futuros, flujos de ETF. En esa dimensión, el metal está bajo presión y puede seguir estándolo mientras la Fed no dé una señal clara de giro. La segunda es estructural: por qué los bancos centrales llevan tres años comprando oro con disciplina casi religiosa, por qué la desdolarización no es un eslogan de sobremesa sino un proceso medible, y por qué el oro fue capaz de subir un 65% en 2025 —su mejor año desde 1979— en pleno ciclo restrictivo de la Fed.
Esas dos lecturas no se contradicen. Se pisan, se mezclan y a veces se estorban. Lo que pasa ahora es que el mercado está tan obsesionado con la primera que está ignorando la segunda, como quien discute por la cuenta del restaurante y no se da cuenta de que lleva horas sentado en el sitio equivocado.
Objetivos precio Oro
Los datos de demanda no encajan con una tesis bajista de largo plazo. El World Gold Council confirmó compras netas de bancos centrales por 244 toneladas solo en el primer trimestre de 2026, un 3% más que en el mismo periodo del año anterior. La demanda minorista de lingotes y monedas registró además el segundo trimestre más alto de la historia. Eso no es lo que hace el mundo cuando ha decidido abandonar un activo. Eso es lo que hace el dinero paciente cuando sigue viendo valor mientras el dinero nervioso mira la pantalla cada cinco minutos.
Luego están los grandes bancos, que a veces se equivocan, pero raramente se equivocan todos en la misma dirección con la misma convicción. J.P. Morgan mantiene un objetivo de 5.000 dólares por onza para finales de 2026 en su división de Research Global y ve recorrido hacia 5.400 dólares en 2027. Su división de banca privada fue más lejos en febrero al elevar su rango objetivo hasta 6.000-6.300 dólares, apoyándose en una combinación de fragmentación geopolítica, deterioro de monedas fiduciarias y compras estructurales de reservas oficiales. Traducido al castellano: el banco no cree que el oro esté caro, cree que el sistema sigue siendo lo bastante frágil como para que el oro merezca cotizar bastante más arriba. ANZ ha rebajado algo su previsión de fin de año, desde 6.000 a 5.600 dólares, por la persistencia de la inflación y la fortaleza del dólar, pero sin tocar la tesis de fondo. Y el consenso de analistas recogido por Reuters sitúa la media anual esperada para 2026 cerca de 4.916 dólares, lo que implica que el mercado sigue esperando precios más altos en la segunda mitad del año.
Así que la pregunta no es si el oro volverá a subir. La pregunta buena es otra: desde dónde y cuándo.
Desde el punto de vista técnico, el metal ha ejecutado una corrección bastante ordenada desde los máximos de enero. Ha cedido terreno, sí, pero sin romperse con violencia ni dejar la sensación de capitulación total. La zona de 4.423-4.466 dólares actuó la semana pasada como soporte relevante y coincide con una línea de tendencia alcista de medio plazo. Mientras el precio se mantenga por encima de esa referencia y no rompa la sucesión de mínimos ascendentes construida desde los mínimos de 2024, la estructura técnica sigue siendo alcista. No es un gráfico eufórico. Es un gráfico que, pese al castigo, todavía no ha renunciado a su tendencia.
Y aquí conviene no perder de vista el contexto de fondo. El oro no sube porque el mundo vaya bien. Sube cuando hay motivos para desconfiar: de las monedas, de la deuda soberana, de la estabilidad geopolítica, de la capacidad de los bancos centrales para controlar las consecuencias de sus propios experimentos. En 2025, todos esos ingredientes estaban presentes y el mercado los premió con una subida del 65%. En 2026, los ingredientes siguen sobre la mesa. Lo que ha cambiado no es el fondo del escenario, sino el ruido que se ha impuesto en el corto plazo.
El conflicto con Irán ha creado, además, una paradoja bastante fina. Un evento geopolítico que debería ser alcista para el oro, y que lo fue en el primer impulso, terminó generando presión bajista a través del petróleo, la inflación y la expectativa de tipos más altos durante más tiempo. Es un rodeo incómodo, pero no eterno. Cuando la energía se estabilice, o cuando la Fed empiece a dejar entrever —aunque sea con la elegancia de un funcionario cansado— que el siguiente gran movimiento volverá a ser a la baja en tipos, el oro puede recuperar terreno con bastante rapidez.
La historia de los metales preciosos en ciclos de estanflación tampoco invita al dramatismo. En los años setenta, el oro no subió en línea recta, ni mucho menos. Tuvo correcciones profundas, algunas superiores al 30%, dentro de un mercado alcista secular que terminó multiplicando su precio por veinte. Los inversores que vendieron en cada susto se quedaron con el susto y sin el ciclo. Los que entendieron que las correcciones forman parte del trayecto fueron los que capturaron el movimiento real.
Eso no significa que no pueda caer más en el corto plazo. Puede hacerlo. Un entorno de tipos altos, dólar fuerte y ausencia de catalizadores inmediatos no es precisamente una alfombra roja para el metal. Pero confundir esa presión táctica con un cambio estructural de ciclo sería un error caro. El oro ha corregido, sí. Lo que no ha hecho es invalidar las razones por las que subió. Y esa diferencia, en mercado, suele separar al que se asusta del que entiende dónde está parado.