Estas últimas dos semanas, a nivel financiero, México recibió noticias non gratas: las 2 principales agencias calificadoras de valores le pasaron el tijeretazo y ajustaron sus perspectivas para el soberano. S&P Global Ratings, si bien ratificó las calificaciones en ‘BBB’ en moneda extranjera y en ‘BBB+’ en moneda local, revisó su perspectiva de estable a negativa. Y Moody’s, por su parte, recortó la calificación de la deuda tanto en moneda extranjera como en moneda local a ‘Baa3’ haciendo una revisión al alza en la perspectiva, de negativa a estable. En esta misma línea, es importante recordar la hecha por Fitch Ratings a principios de abril, caracterizándose con distinción de éstas por ratificar sin cambios tanto la nota (en moneda extranjera y en moneda local) como la perspectiva, situándola en ‘BBB-‘ con perspectiva estable.
Más allá de las calificaciones y las perspectivas que, claramente, muestran diferencias, es innegable que la visión sobre las finanzas públicas del país es complicada, existiendo un alto riesgo de perder el grado de inversión (actualmente, en la lectura de las 3 instituciones está prácticamente ubicado en el último umbral), cuestión que se explicaría, entre otras cosas, por la pérdida del dinamismo económico, la ineficiente distribución del gasto público y el enorme peso financiero de las compañías paraestatales.
Así también, tras estas acciones, se dio a conocer que varias instituciones financieras quedaron bajo presión crediticia, hecho que causó suspicacia entre los tarjetahabientes.
¿Hay razón para preocuparse? Comencemos con lo lógico.
Cuando aumenta el riesgo soberano de un país, el sistema bancario lo resiente porque su operación está directamente relacionada con el entorno económico, fiscal y financiero; cuán más débil resulta una calificación, implica un menor crecimiento económico (y naturalmente, una mayor incertidumbre en todos los frentes), lo cual podría traducirse en un incremento del costo del fondeo bancario y, por consiguiente, un ciclo de ralentización crediticia y un crecimiento potencial de la morosidad, al tiempo que sus posiciones en deuda gubernamental dependen propiamente de la capacidad del Estado para hacerle frente a escenarios de corte sistémico.
No obstante lo anterior, tal degradación no subyace de un debilitamiento de la operativa bancaria; por ejemplo, Moody’s destaca como fortalezas una buena capitalización, calidad de activos razonable, utilidades robustas y bases de depósitos estables (Tabla 1).
Entonces, ¿Qué podrían hacer con su dinero los cuentahabientes?
Bajo la premisa que el papel del profesionista financiero debe ser, en todo momento, proactivo y no reactivo, es importante conocer y entender los nuevos riesgos a los cuales el país se estará sujetando en los siguientes meses, de cara a las próximas revisiones (Tabla 2):
I. Los ahorradores demandarán un mejor premio al colocar su dinero en deuda gubernamental, significando que al Estado le saldrá más caro el fondeo, lo cual debería obligarlo a restructurar y reenfocar el gasto.
II. De forma opuesta a lo que sucedió a principios de esta década, cuando se registró una de las mayores afluencias de inversionistas extranjeros en el mercado de dinero a razón de los atractivos réditos referenciales que ofrecía el país, el contexto actual abonaría aún más al ya éxodo que se ha venido registrando durante los últimos meses, situación que presionaría a la baja a la moneda local. Si bien a decir del Banco de México (Banxico), que con el reciente ajuste a la tasa de interés desde 6.75% a 6.50% se estaría fijando el nivel terminal, lo cierto es que algunas economías (tanto avanzadas como emergentes) no descartan ver incrementos en sus respectivas tasas como medida de amortiguación a los riesgos inflacionarios que podrían ir materializándose; de concretarse, mermaría aún más el atractivo de México por triple partida (inflación, tasa real y riesgo).
III. En sintonía con el primer punto, la entrada de capitales de inversión destinada a proyectos productivos, de infraestructura y de expansión empresarial podría ralentizarse, afectando el dinamismo económico. Con esto, el fenómeno del nearshoring quedará más cimentado como una buena ilusión que como una cadena de hechos.
IV. Los instrumentos accionarios pierden atractivo por una mayor demanda de riesgo, lo que puede traducirse en ventas, ajustes en las valuaciones (y si hay un aumento de tasas, mucho más) y episodios de volatilidad. Si bien es importante no generalizar, pues las empresas con balances sólidos y mayor exposición al mercado internacional podrían sopesarlo mejor, no hay que olvidar que diversos fondos de inversión y gestoras de capital, al detectar un deterioro de la calificación crediticia de un país (o peor aún, la pérdida del grado de inversión), por regla, se ven obligadas a disminuir su exposición, realizando liquidaciones masivas.
V. El gobierno tendrá menor margen financiero para no presionar las finanzas públicas. Dicho lo cual, deberá ser cada vez más estratega al momento de recaudar impuestos, gestionar la deuda y hacer frente a sus compromisos. Bajo el escenario actual y el discurso público, no podría ser descartada la implementación de una política fiscal restrictiva en pro de una reforma fiscal agresiva.
En resumen, no veríamos una crisis, pero sí un escenario de mayor cautela.
Ahora sí, veamos cómo preservar el capital y el patrimonio, pensando en un empeoramiento del escenario crediticio (Tabla 3):
I. Mantener el capital distribuido en más de una institución y/o un instrumento de inversión coadyuva a la aminoración de riesgos y a fortalecer la resiliencia financiera.
II. Saldar en tiempo y forma las deudas adquiridas, al tiempo que se gestionan de forma disciplinada los créditos y préstamos solicitados, junto con un consumo prudente, permite estar preparados ante una situación financiera adversa. No es el caso, dado el marco monetario, pero lo natural sería que las tasas vieran un incremento, lo que presionaría a los deudores.
III. A nivel personal y moral (empresa), es esencial robustecer los fondos de emergencia, ubicándolos en instrumentos líquidos que permitan su preservación y crecimiento a lo largo del tiempo.
IV. Hablando de inversión de largo plazo o patrimonial, e incluso también de operaciones de corto plazo, es vital concentrarse en empresas sólidas (aunque debería ser en todo momento), a fin de contrarrestar al máximo el riesgo de mercado.
V. Mantener una exposición prudente en activos denominados en dólares estadounidenses, pero administrando eficientemente el riesgo cambiario, realizando coberturas de manera constante.
No olvide que siempre es importante y valioso pulir el brazo financiero.
¿Usted, cómo está y estará gestionando su capital?